Había una vez, un bebé bastante cabezón y siempre sonriente. Sólo mirarlo te daban ganas de reír de felicidad, porque sus ojillos te transmitían un bienestar y una alegría incomparables.
Su madre, Mamiluli, lo solía vestir con trajitos tipo peto, con sus tirantes y estampado de cuadros en su mayoría.
Nació en Diciembre, de madrugada. Y lo primero que llamó la atención de Mamiluli cuando lo vio fue lo grande y abiertos que tenía los ojazos.
Manolito, lo llamaron.
lunes, 16 de noviembre de 2009
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